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Somos Jeff, Beti, Adrián, y Kevin.

Cáncer

No sé.

Salía del portal de mi casa y lo vi.

Era un día caluroso. Demasiado caluroso. Aún estábamos en verano, faltaba mucho para el invierno y las temperaturas solían rozar los cuarenta grados centígrados. A pesar de eso yo llevaba una camisa negra. Digo a pesar porque la mayoría de gente suele decir que el color negro te hace sentir más calor. La verdad es que yo no sentía más calor, además, no tenía forma de comprobarlo y siendo sincero, no quería hacer de exhibicionista con la camisa recién planchada. La cosa es que salía de casa y vi aquel cartel. Estaba justo en frente de mí, era un gigantesco panel publicitario. El anuncio decía algo así como: “Me hubiese gustado tener cáncer de mama” y justo a lado había una persona, creo que era mujer, y tenía una mirada que reflejaba la muerte. No sé. Esa mirada hizo que de repente me frenara, como de golpe, y me dejo pensando un buen rato.

Hace ya unos días que venía barajando la idea de la muerte. Ya sabes… ¿qué era?, ¿qué había al otro lado? Ese tipo de cosas. Al ver los ojos de esa persona me empecé a sentir entumecido; era una sensación como de culpa, era algo que me hacía pensar que todo lo que yo había hecho hasta ahora había sido una terrible perdida de tiempo.

Trate de imaginar cómo se puede estar sintiendo esa persona y me sentí profundamente estúpido. Quiero decir, ahora mismo, hay gente como esa persona que están enfrentando la muerte. Así, de esa forma taaan directa. Y aunque creas o no en la muerte -a mí eso me trae sin cuidado-, no puedes negar que el hecho de pensar en la fugacidad de la vida humana, osea, en nuestra etapa de carne y sangre, es difícil no empezar a sentir un nudo en el cuello. Unas ganas de gritar o algo así.

Luego de estar ahí, parado como un atontado, llegue a la conclusión, quizás precipitada, de que en la vida lo único que realmente importa es que hayas podido ser tú mismo. Ser tú mismo es haber tenido el valor y el suficiente amor dentro de ti como para ser capaz de llenar cada insignificante fragmente de existencia con la verdad. No tiene porque ser algo heroico ni nada por el estilo. Es menos que eso. Es sonreír de verdad, es llorar de verdad, es estudiar de verdad, es amar de verdad, es luchar de verdad, es besar de verdad, es hablar de verdad, es follar de verdad…

Esos insignificantes momentos llenos de verdad, creo que eso es lo que cuenta. Al final, cuando el oxígeno deje de entrar por tus pulmones tú serás la única persona capaz de sentir la potencia de tu corazón disminuyendo latido a latido. Nadie más. Y aunque pueda parecer egoísta, creo que esa persona, la del cartel, al final llegó a la misma conclusión.

Después de despertar de ese breve trance existencial, respire profundamente y me dije a mi mismo: puedo sentir esa verdad, la verdad de la chica del cartel. Esa verdad está aquí, en el aire, entrando y saliendo de mis pulmones, a cada hora, a cada minuto, a cada segundo.

Ummmmm, ahhhhh…


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Supongo que es así como empieza