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La Mina o (Hay leyes que no son las leyes de la lógica) Cap. 2

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Como en un día festivo francés, Mr. Raymond, camina por los Campos Elíseos y las pirámides de Egipto.  
 
El ritmo de sus pasos crea un rapport auditivo que hace sintonizar alegría en todas las personas a su alrededor; penetra  en el centro comercial más lujoso de Los Angeles, contemplando la belleza de la presencia  y vida  de las personas; en este instante, un hombre  ha dejado de ser hombre y se  ha vuelto un tránsito, un puente, un proceso operativo de una  transformación más elevada; una autorrealización, a la que toda la humanidad tiene acceso, a través de la elección del Reino de  los cielos en el  interior  y  al rechazo del infierno en la tierra material. 
 
Físicamente no  es el prototipo  de rubio  alto,  con cintura estrecha y espalda amplia con gran definición muscular  de las playas de Venice Beach, California ; carece de las sutiles, pero llamativas venas recorriendo el bíceps y el vientre bajo que los modelos muestran como carta de presentación en los castings; sus hendiduras maxilofaciales son musculosas, su  cuello es largo  y  su simetría facial difícil de identificar o clasificar; tampoco parece un actor de  películas dramáticas o thrillers policiacos del momento;  no  cumple con el estereotipo impuesto  por  los  cánones sociales de la moda actual en pleno S.XXI, cara simétrica, six pack abdominal, dientes perfectos, mandíbula cuadrada y piernas delgadas  con  hombros redondeados y rajados por la  fina piel de papel cebolla. Sin embargo; Raymond, se mantiene en forma. A simple vista, parece un tipo cuyo cuerpo está preparado para una batalla apocalíptica del final de los tiempos. 
 
A pesar de no ser muy alto, con sus 1.74 metros de altura, es popular entre las chicas, pues lo distinguen un par de rasgos   particulares muy atractivos y diferentes al resto; tiene una enorme sonrisa tatuada en la cara que ilumina todos los lugares a donde entra como un pequeño sol artificial; saluda de forma mágica y cordial, con las manos firmes y un gesto facial divertido y sarcástico que subcomunica: «La vida no vale nada, pero es hermosa».  Todas las personas a su alrededor, sin distinción de raza, género, estatus social o incapacidad física, se ven contaminadas por un halo de paz, alegría y amor incondicional. 
 
Su actitud es el diamante que todos quieren poseer; su cultura la mejor educación que puedas recibir, y su alegría la mejor gasolina para vivir. Raymond comprende que: «Él   es un causante de todo lo que   pasa en el mundo, y no un efecto del mismo».  Así que el mundo no está conspirando constantemente en su contra como un enemigo; sencillamente, el mundo es un parque de diversiones holográfico, donde cada quien juega con el papel que elige representar. 
 
Raymond,  no conoce la palabra: «inseguridad» , se siente como en casa cuando entra a cualquier sitio; lo mismo le da entrar con shorts de mezclilla y sandalias a  un lujoso restaurante de  gambas y langostinos, que  pedir una doble queso en una   hamburguesería  callejera, donde la gente hace fila para pagar  5.50$ USD por un paquete de papas  a la francesa y refresco grande; le resulta  exactamente igual esperar veinte minutos para  pagar un  café americano en una cafetería porque las máquinas de café  son anticuadas y lentas, que esperar a una chica linda dos horas en el aeropuerto,  bebiendo un expreso, deleitándose  en las librerías, las tiendas de souvenirs, o hablando con personas; Raymond ha comprendido que todo el malestar de las personas es  ocasionado por ellos mismos, y, específicamente, por  la  mente compartida; así, la  primer llave de la salvación  es el dominio mental.  
 
«Una mente sin entrenamiento, no puede conseguir nada.» 
 
A Raymond, le provoca  la misma emoción,  platicar con el gerente de la agencia de autos Ferrari, con el glamour de Ermenegildo Zegna, que con el vagabundo próximo  que se rasca las piernas flacas y  blancuzcas  por la resequedad  corrosiva de la deshidratación y desnutrición; Raymond, se muestra indiferente e inmutable,  ante  los indigentes  que  piden pan y una moneda para un  anís o aguardiente en la esquina de las parroquias, o afuera del metro;  que, ante  el dueño del club nocturno más prestigioso y publicitado de la ciudad: «El Lechón Embrujado».  
 
Un hombre como Raymond vive en la vereda del barco, y está dispuesto a saltar a cada instante. 
 
La  máxima motivación  de Raymond, a sus 33 años, es  poner a prueba todo lo que ha aprendido en sus múltiples viajes por las cordilleras de la India, en sus recorridos por los pueblos mágicos de  Latinoamérica y los países nórdicos de la vieja Europa.  
 
Su máxima motivación es  enseñar que el maestro auténtico es uno mismo por encima de todo y de todos, y que  cada individuo   puede acceder a ese guía  a través del aislamiento personal de años, o a través  de las relaciones cara a cara  con  el  mundo  social.   
 
Para Raymond existen dos vías con subdivisiones para adquirir el verdadero conocimiento interior o, la iluminación:  
 
La primera vía tiene tres ramificaciones que son parte de un antisistema para comprender la unidad: la devoción por la oración; el aislamiento riguroso y prolongado del Monje; el ascetismo del Yogui, la meditación, la entrega, y el cese del deseo como herramientas coadyuvantes para la disolución del «ego» ; finamente, los entrenamientos exhaustivos del Guerrero, basados en la voluntad del dominio del cuerpo, a través del poder y el perdón para separarse de la forma física.


La segunda vía es la relación con el mundo y sus implicaciones; es decir,  en las relaciones cara a cara donde se construye la realidad objetiva, subjetiva e intersubjetiva; objeto de estudio de la sociología: la vida cotidiana, desde el punto de vista occidental. 
 
La paradoja es que  quienes eligen la soledad como su única vía para iluminarse sólo pueden  trascender su naturaleza terrenal cuando  deciden  relacionarse con  el resto del mundo; por otra parte,  quienes optan por  el camino de  la integración  social eligen adherirse a sus implicaciones: trabajar en una fábrica, asistir  a la escuela, ir a la parroquia, relacionarse con sus familias, tener una pareja, o  amigos, fraternizar con desconocidos, e, inclusive, seguir su propósito más profundo;  solamente pueden adquirir la perfección absoluta del «Nirvana»   en estados de aislamiento y contemplación fuera de la estructura social. 
 
A este conocimiento, Raymond, le denomina: la llama intermitente entre «La sabiduría de no ser nada» y «El Amor de ser todo». 
 
«Debemos mirar los conflictos o problemas de la vida como desafíos internos; son estas pruebas las que nos capacitan como personas… una vez superados estos desafíos, saltamos en nuestro propio nivel evolutivo; por lo tanto, las pruebas que antes nos afectaban, cesarán en su intento.» 
 


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