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TONY: ENLOQUECIDA MULTITUD ("TODOS LOCOS")

Estaba yo sentado en mi pupitre viendo cómo dos moscas follaban al otro lado de la ventana y, por alguna razón, su folleteo y su aleteo era mucho más interesante que la mierda rimbombante que regurgitaba el profesor una y otra vez, UNA Y OTRA VEZ. ¿Era para esto que el hombre había nacido? 
Siempre me había sentido incómodo en esta clase de situaciones, como si este mundo no estuviera hecho para gente como yo, siempre me sentí extraño, alienado, enajenado. Los seres humanos habíamos nacido para pensar, para imaginar. Y eso era, precisamente, algo que yo hacía muy a menudo pero por alguna broma de mal gusto de aquel que se encarga de diseñarnos, esta forma de ser, no parecía encajar con lo que todos los demás querían que hiciera.

Estábamos en la clase de filosofía la cual, aparentemente, tendría que incitarte a conocer, a indagar y a desencadenar en ti una cadena de incógnitas irresolutas que habían perseguido, y torturado, a los grandes pensadores y maestros de la humanidad desde hacía siglos. Pero en esta clase no sucedía eso. Esta clase era como una ametralladora de hechos, de sucesos que el profesor repetía una y otra vez, UNA Y OTRA VEZ. Yo me preguntaba si acaso era posible estar lo suficientemente atento como para poder esquivar las balas de sus palabras así como para ponerte a pensar. No puedes hacer dos cosas a la vez. A menos que seas mujer, claro, o al menos eso es lo que dicen. Yo no era mujer. Así que entre evitar que las palabras del profesor me despojen de mis preciados pensamientos y tratar de pensar era imposible para mí concentrarme. Si la filosofía por definición era amor por el conocimiento, ¿cómo podía uno amar el conocimiento si no tenía tiempo para apreciarlo, para observarlo, para dejarse atrapar, conquistar y seducir por él? Todo tenía que avanzar rápido, demasiado rápido, parecía que estábamos en una carrera o en una competencia: capítulo 1, capítulo 2, capítulo 3... Nunca lo llegué a entender cuál era el apuro. Siempre sentí que iba detrás de todo el mundo. El estricto horario académico no da lugar para el cultivo del pensamiento, tan sólo da lugar para fabricar pequeños memorizadores en serie que luego son bien recompensados por no hacer más que eso. Los demás o acabamos atrapados en un trabajo monótono y aniquilador o nos convertimos a nosotros mismos en los explotadores. Yo siempre me sentí atraído por esta segunda opción. Entonces... 

-¿Está usted durmiendo, Tony?

-En absoluto, señor. En absoluto- mientras entreabría los ojos y disimulaba el bostezo. 

-Tony, nos puedes contar un poco sobre el contexto socio-económico e histórico en el que se desarrollo la vida de Platón, y además, después de explicárnoslo me gustaría que se acercase a mi mesa y me cuente porqué no ha presentado el ensayo que se supone debería de haber presentado la semana pasada. Empiece cuando usted quiera- sentencio el viejo. 

-Eh... bueno, verá profesor es que no he entendido muy bien lo que ha dicho... no le he escuchado bien.- respondí.

-Muchachos, así es como NO tienen que ser ustedes. Ustedes, alumnos excelentes y de buen talante, deben prestar siempre atención. -dijo el profesor con tono burlón mientras toda la clase se reía.

Aquella actuación patética del profesor no me sorprendió en lo absoluto. Era algo a lo que yo ya estaba acostumbrado. 

Mientras salíamos del instituto me encontré con el viejo Armando. Era un tipo de unos 75 años, tenía un acento pueblerino muy marcado y siempre parecía hablar con refranes. A pesar de todo me caía bien. Sentía que aquel hombre, no juzgando su trabajo de barrendero, era un ser bastante sabio. Yo nunca fui alguien que juzgara a los demás, por lo que siempre estaba atento a las historias del viejo Armando.

-¡Tony! amiguito, ¿cómo estás?

-¿Qué tal viejo Ar?, ¿cómo se te está haciendo la mañana?, ¿ya acabando, no?

-¡Yo no digo nada hasta haber acabado con el trabajo, amiguito! Ya sabes, "antes que acabes, no te alabes".

-¿Y qué me cuentas hoy? Sabes, hoy mientras estaba en la clase de filosofía estaba pensado en el conocimiento. Para poder conocer de verdad hay que tener tiempo. Me parece que la buena filosofía es un lujo de ricos. - dije.

-Y no te equivocas, pequeño Tony. No te equivocas. Para pensar hay que tener tiempo, mucho tiempo. Y entiendo que entre las lecciones que te dan en la escuela y las tareas que tienes que hacer en casa ¡poco tiempo te ha de quedar para pensar! 

-Es eso muy cierto. Es justo lo que yo estaba pensando, Ar.

De pronto las nubes ennegrecidas que venían del norte fueron cubriendo el cielo de color celeste que teníamos como techo. La lluvia empezó y nos metimos en el pasillo que conducía a la puerta de entrada del instituto. El viejo Ar trajo consigo la escoba y el recogedor que estaba utilizando para limpiar el patio que estaba alrededor del pasillo. 

-Estamos en una sociedad de locos, Tony. Mira a tu alrededor, el ser neurótico es lo estándar. La persona neurótica, la que es inestable emocionalmente es categorizada como normal. Estamos en una época en la que se estandariza la enfermedad y se cuestiona la salud. Desde que los seres humanos rompimos nuestros vinculo con la naturaleza, con nuestra Madre, hemos evolucionado como el hijo pródigo, el hijo rebelde, el hijo que se siente bastardo, rechazado.- dijo el viejo. 

-Una noche me quedé solo en casa, luego, cuando llegaron mis padres escuché cómo discutían. Siempre escuchaba sus discusiones y pensaba porqué tienen que ser así. Luego veía a la gente de la calle enojarse por las cosas más intrascendentes y entonces comprendí que a las personas les gusta explotar emocionalmente siempre que tienen la ocasión. A mí no me gusta explotar porque no tengo nada dentro de mí que se haya transformado, ni que esté en proceso de hacerlo, en una bomba de tiempo. Pero sales allá afuera y entonces lo ves. Ves las bombas explotando por todos los lugares, a todas horas y de repente la gente asume que aquello es normal, o piensa que es normal. Bueno, no puede leer la mente de las personas pero, por la forma en la que actúan, las bombas emocionales que se lanzan los unos a los otros no parecen importarles. Creo que soy demasiado sensible para ese tipo de cosas y por eso me encuentro la mayoría del tiempo enfrascado en mis pensamientos y en mi imaginación. 

-Tony, tengo que seguir trabajando, ya sabes que el trabajo sin prisa es el mayor descanso para el organismo -me dijo el viejo-, ya hablamos luego. 

Yo seguí hablando como si no le hubiese escuchado. Él siempre me decía aquello como señal de querer seguir escuchándome. Hacía minutos que el Viejo Ar había acabado con su trabajo

-Ja ja ja. Ya ni sé qué te estaba contando, ¡Ar! -respondí rascándome la cabeza.

-Descuida, seguiré yo. El problema radica en que la mayoría de hombres han alcanzado libertades limitadas. Sí, son libres de hacer esto, son libres de hacer esto otro. Son libres de elegir su trabajo, son libres de elegir qué van a comer para el desayuno, para la comida y para todas las comidas que puedan haber. Son libres de elegir qué se van a poner de ropa. Ya no tienen grilletes sobre sus cuellos, ahora los tienen sobre sus mentes, porque -decía el viejo mientras acomodaba en un rincón el recogedor y la escoba y suspiraba mientras apoyaba su espalda en un pilar que sostenía la cubierta del pasillo- a pesar de ser libres de hacer todo lo que te he dicho, no son libres de ser quienes quieren ser, no son libres para ser plenamente productivos, no son libres de alcanzar la conciencia plena. 

-¿Conciencia plena? -pregunté.

-Si a ti te gustan los chocolates, ¿qué pasa si te doy TODOS los día chocolate y nada más que chocolate? 
No puedes ser feliz teniendo todo de todo. En la sociedad que tenemos cuando todo lo que queremos está a la distancia que hay entre nuestro dedo y un botón es difícil no acabar loco o neurótico. El final de una vida fundamentalmente hedónica es el suicidio espiritual. Tienes que tener espacio para SER. Para ser hombre. Para crear, para pensar, para adquirir cada día un mayor nivel de conciencia. 

-No entiendo- respondí. Me quedé observando al viejo Ar esperando una respuesta. Él me miraba esperando que yo le entendiera, pero yo no entendí. Entonces el viejo Ar cogió su escoba y su recogedor y sin decir adiós desapareció en la oscuridad del final del pasillo. 

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