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Somos Jeff, Beti, Adrián, y Kevin.

Tony Wall es una contradicción andante

Salía del aeropuerto cuando ese maldito pensamiento empezó a merodear mi cabeza.

Siempre me pasaba lo mismo. Cuando menos me lo esperaba: ¡boom!; una cadena de pensamientos como si fueran una serie de dominós se desataba — salvo que en lugar de ser pequeñas piezas de plástico imagina un montón de granadas que iban explotando una tras otra — ; eso me dejaba como trastornado. Algo así como un aturdimiento que me hacía sentir ajeno a todo lo que ocurría a mi alrededor.

Esta vez era algo sobre las mentiras. No era gran cosa. Ya lo había pensado muchas veces así que no me desesperé por encontrar un lugar en donde apuntar esa catarata de ideas. De lo que sí tenía ganas era de llegar ya a casa y contárselo todo a Fabián — Fabían era mi compañero de piso y tenía una capacidad de deducción impresionante — . Siempre me dejaba fascinado por lo rápido que intuía la dirección y el destino de mis pensamientos.

Aún estaba perdido — ya sabes cómo son los estúpidos aeropuertos, hay miles de carteles por todos lados y nunca sabes dónde estás — , cuando de pronto me di cuenta de que había ido en dirección contraria a la salida como cinco veces por cinco caminos diferentes. Si os lo preguntáis, yo no había llegado de viaje ni nada de eso. Tan sólo estaba allí porque quería saber en qué lugar se encontraba el maldito aeropuerto — me iba a largar de Italia en enero y cómo me conocía muy bien sabía que si no hacía eso acabaría perdiéndome, como siempre — .

Bueno, al final encontré la estúpida salida y salí de allí pitando. Llegué al piso como a las seis de la tarde.

Era domingo por lo que Fabián recién había llegado a casa. Todos los domingos llegaba con sus padres y traía un motón de comida — como tres o cuatro bolsas grandes de comida, ¡cómo comía el tío! — . Saludé a sus padres y me encerré en mi habitación. Estaba deseoso por empezar a hablar con Fabián. A veces las ideas que se me ocurrían acababan siendo una tortura y me ponían algo así como tarado. Esperé y esperé. Esperé como media hora — que era más o menos el tiempo que sus padres tardaban en acomodar las latas de atún, las salsas de todos los sabores imaginables y la pasta, mucha pasta — y seguí esperando allí, en mi habitación, hasta que me di cuenta de que ya habían pasado como cuarenta minutos y sus padres aún seguían ahí metidos. ¡Mierda!, — pensé — ¿por qué no se largarán de una puñetera vez?

Oh, se me había olvidado decirles que siempre he sido demasiado tímido como para contar mis ideas públicamente. No es que pensará que mis ideas fueran malas— eran jodidamente buenas — pero odiaba que la gente me hiciera preguntas estúpidas mientras yo hablaba. Con Fabián no era así. Con Fabían te podías pasar hablando horas y horas y horas y él nunca te interrumpiría. La mayoría de la gente no era así. Fabían me caía bien por eso.

Justo cuando ya estaba hartísimo de esperar, sus padres se fueron. Rápidamente salí al encuentro de mi buen amigo.

— ¡Fabían! ¿Cómo estás?
 — Hola, Tony. Bien, ¿y tú?
 — Bien. Bien. Tengo algo que contarte. ¿Tienes unos minutos?
 — Sí, sí. Espera que saco algo de comer, ¿quieres un pedazo de torta?

Fabían sabía que yo en ese momento no tenía nada de dinero así que siempre que podía me invitaba algo de comer. ¡Qué buena gente era!

— Se ve muy bueno, ¿qué es?
 — Es una torta de marmellata.
 —¡No sólo se ve bien sino que sabe bien! ¡Gracias, tío!
 — ¿Salimos afuera?
 — ¡Vale!
 — Espera que voy a liar uno.

Sacó una de esas bolsitas pequeñas que tienen un cierre hermético. Dentro había marihuana. Fabía me había contado que tenías que meter la marihuana en algo que no permitiera al olor escaparse porque la maría olía muy fuerte.
Lo mezcló con un poco de tabaco, lo enrolló en papel de fumar y me preguntó si yo también quería.

— No, no, paso.
 — Vamos, no me seas mariquita. 
 — Venga, déjame lo que te sobre a ti. 
 — Muy bien.

Os voy a decir la verdad. Esto es lo ùnico realmente bueno de la vida. No hablo de fumar marihuana y esas estupideces. Hablo de poder expresarte, expresarte a tu manera. Hablo de poder poner tu corazón allá afuera, sangrando, latiendo, llorando. Joder, ¿acaso los seres humanos no estamos diseñados para eso? ¿para conectar?

La cuestión es que a veces resulta difícil encontrar alguien con quien conectar. Por suerte en esos días yo tenía a Fabián y eso me hacía sentir muy bien. Alguna vez escuché decir que uno de los grandes innovadores del mundo tecnológico dijo que él innovaba porque esa era la única forma que tenía para conectar con la gente, osea, sus ideas innovadoras eran él. Sus ideas eran él. Creo que si tienes ese tipo de personalidad, una personalidad así, innovadora, o visionaria, siempre te resultará muy difícil conectar con la gente. Supongo que es por eso que muchos tíos visionarios se separan del vulgo. Se transforman en filósofos o artistas o escritores o algo así. Pero a pesar de separarse e ir a su rollo siempre resulta complicado encontrar algo de Verdad entre esos círculos. Yo jamás sería uno de ellos, ni un artista ni un escritor ni un filósofo ni un gran innovador; ese mundo es asqueroso. Está lleno de pretenciosos e idiotas con historias falsas. Detestable.


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